A los récords de temperatura que se registran año a año y mes a mes, se sumó en los últimos días una marca que preocupa y mucho: la concentración de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera. Este gas, el más importante de los denominados de efecto invernadero, es fundamental para la vida. Si no existiera una capa en la atmósfera que absorbiera los rayos del sol luego de que rebotan en la Tierra, estaríamos congelados.
Esta capa, que es necesaria para la vida, se vuelve cada vez más gruesa y mantiene el calor generando que ese efecto invernadero sea poco a poco potencialmente dañino.
Sin embargo, la concentración acelerada de esta molécula, especialmente rampante luego de la revolución industrial, ahora provoca un potencial peligro para la especie humana y para los ecosistemas con los que convive.

En una isla de Hawai, en el medio del Pacífico, hay un volcán que se llama Mauna Loa. Allí, a 3400 metros de altura, existe una estación meteorológica que viene monitoreando las concentraciones de CO2 desde 1950. Cuando empezaron a medirlas, el promedio de concentraciones era de 350 partes por millón (ppm). Ya habían registrado un aumento sideral respecto del que existía previo a la revolución industrial, que era de 278 ppm. La mala noticia, hace poco más de una semana ese registro llegó a 421 ppm.
El CO2 existe en la naturaleza, pero las actividades humanas, especialmente los combustibles fósiles (gas, petróleo y carbón), la deforestación y la agricultura exacerban esa generación.
¿Y qué tienen que ver los bosques y los océanos en todo este proceso? Es que ellos absorben parte de esos gases, en caso contrario las concentraciones serían todavía más grandes. Sin embargo, cuando eliminamos bosques —como sucede en la Argentina, que pierde un promedio de 150.000 hectáreas al año, según los monitoreos que hace Greenpeace—, reforzamos aún más los efectos negativos sobre el calentamiento del clima. Los troncos de los árboles capturan carbono, ergo, cuando los cortan y los queman liberan ese gas y, por supuesto, dejan de absorberlo.
Se necesita una reducción del 45% de las emisiones de gases de efecto invernadero de aquí a 2030 para evitar un calentamiento catastrófico y actualmente la ambición de los países solo alcanzará para disminuirlas un 1%.
Panel Intergubernamental de Cambio Climático
Esos planes de disminución de producción de gases son las que se presentaron como parte del Acuerdo de París, firmado por más de 200 países, en 2015. La Cumbre de Líderes que se celebra hoy es un evento muy esperado ya que varios países, especialmente los más contaminantes como China, Estados Unidos y el Reino Unido van a anunciar nuevas metas que aparecen como muy ambiciosas que las que presentaron en 2015.
El concepto de “cero” significa un cambio radical en toda la economía, eliminando los combustibles fósiles y otras fuentes de emisión siempre que sea posible. Por lo demás, cada tonelada de CO2 que se emita debe ser igualada por una tonelada que eliminemos de la atmósfera.
