La joven trabaja junto a su esposo en una ladrillería de las tantas que rodean a la ciudad de Sáenz Peña. Moldea la arcilla y arma los ladrillos para construir una vida.El oficio de ladrillero, asociado con el hombre, también puede ser femenino y así lo demuestra Miguelina Santana, que trabaja cada día en una de las tantas ladrillerías que rodean a la ciudad de Presidencia Roque Sáenz Peña.
La espalda encorvada para el corte de cada adobe, pero la frente alta de una mujer que no le esquiva al trabajo que heredó de familia y soñando con un futuro mejor para su hijo.
on las manos embarradas, la cabeza cubierta para que el sol dañe menos y las pausas para dar de mamar a Antonio, así transcurre el día de Miguelina.
En la ladrillería en la que trabaja junto a su esposo o en la casa de sus suegros, donde la pareja vive, ella moldea la arcilla y arma los ladrillos para construir una vida.
La joven, con sus pocos años y su gran fortaleza, dice que no es la única mujer que trabaja en ladrillería, su madre también dio forma el barro, ‘y sé de otras mujeres trabajan con el adobe‘. Miguelina Santana tiene apenas veinticuatro años y su día comienza con unos mates.
‘Si nos da el tiempo, se toman unos mates antes de ir a trabajar y si no se puede, cargo el termo y el mate viene a la ladrillería con nosotros para acompañarnos en el trabajo‘, detalla.
El esposo la acompaña en su jornada laboral pero también su bebé, Antonio, que no tiene más de dos años. ‘En ocasiones lo traigo sin desayunar, lo levanto emponchado y viene dormido aún a la ladrillería‘, manifestó la madre que, desde hace aproximadamente cinco años, se dedica al adobe. La intención de esta joven mujer era continuar estudiando, ‘buscando un mejor bienestar‘ para su hijo ‘y así no ande en el sol, como anda ahora‘. ‘A mí eso no me gusta‘, expresó con amor de madre.
AMOR DE MADRE
‘No quiero que Antonio se críe en una ladrillería‘, comenta. No lo dice despreciando el oficio que tuvieron sus padres y que le permitió a ella estudiar, un trabajo muy honrado que también ahora desempeña.

La afirmación se fundamenta en que Miguelina sabe que ‘la polvareda y el humo no son buenos‘ para la salud de su bebé y de cualquier niño. Antonio no se despega de ella. ‘Todo el día anda detrás de mí, entre las pilas de ladrillos, solamente cuando duerme queda un ratito bajo la sombra‘, cuenta.
‘Es un oficio duro y pesado. Se corta, se arma, se apila, se quema y la espalda de una también se resiente‘, añade. Y si el verano chaqueño quema con casi cincuenta grados de térmica, ‘se trabaja igual, se para unos minutos, se toma agua y se sigue‘.
CONSTRUIR CON ESTUDIO
Miguelina siempre veía a su madre cortar y armar ladrillos. Su padre, ya fallecido, no quería que ella y sus hermanas se involucraran en ese duro trabajo.
La joven madre estudió, terminó el nivel secundario y apostó a una profesión. En una primera incursión a la preparación profesional cursó una de las ingenierías en la Uncaus, pero luego optó por lo que realmente le gusta que es perito en derecho, carrera que se dicta en el Instituto Don Orione. El sueño de esta mujer de manos embarradas es estudiar, es lo que quiere para mejorar su calidad de vida.
‘Me iba bien pero no pude obtener la beca y, en consecuencia, me fue imposible continuar porque no me alcanzaba para las fotocopias que te piden y menos aún para pagar la cuota del instituto‘, sentencia, exponiendo la cruda realidad de muchas jóvenes que quieren apostar al estudio y el sistema las deja afuera.
‘Ahora quiero tratar de entrar en peluquería, aunque sea eso‘, dice, pero reconoce que su vocación está puesta en la carrera de perito en derecho. Hundiendo las manos en la arcilla, agarrando el barro, así transcurre el día de una mujer que moldea su propio mundo figurativo y personal. Una mujer que trabaja la tierra y que es fuerte como esa pieza de arcilla cocida que construye sueños.
“Me encantaría tener mi casa propia”
La vida de Miguelina Santana transcurre fabricando adobes que serán parte de alguna construcción, tal vez de viviendas. En ese contexto cuenta, con un tono de voz cargado de ilusión: ‘me encantaría tener mi casa propia‘.
La joven mujer vive con su esposo y su niño en la casa de sus suegros, en la zona rural de Sáenz Peña.
‘Tenemos un terreno en el barrio Matadero y mi sueño es tener mi lugar propio, pero no tengo los recursos económicos para levantar mi casa‘, menciona al respecto.
Esas contradicciones de un oficio duro y pesado. Una mujer que fabrica la materia prima para levantar viviendas y ella ‘sueña‘ con esas paredes que cobijen a su familia.
